Diario del aPocalipsis

DÍA 1.005: INSTANTE ETERNO.

Bailabas, te miraba. Hada madrina, colibrí, estrella fugaz. Y la terraza del apartamento era una pista de baile. Las ventanas de los edificios vecinos te multiplicaban en la noche. La luna era tu bola de Dance Disco. Bailabas, te miraba. Un bom bom bum como único alucinógeno, era suficiente para escaparte de este mundo maldito. Bailabas, te miraba. Atravesabas el tiempo sonriendo y tu risa reventaba los muros, despertaba a los vecinos y todo se resquebrajaba, quedábamos limpios, sin preocupaciones por el mañana: éramos los únicos sobrevivientes a tan altas horas del sueño. Y tus ojos alucinados eran fogatas que presagiaban un apocalipsis. Tu piel sudada, moviéndose a cada poro, te hacía una pantera a la caza de su presa. Tu cabello alimentado por el aire dejaba guirnaldas de perfume entre mis manos. Bailabas, te miraba. Y me decías: el mundo es nuestro, vamos a comérnoslo, a devorarlo pedazo por pedazo. Entonces el cielo se cubrió de estrellas, se convirtió en un gran panal de luciérnagas que querían bailar contigo, porque no podían liberarse de tu ritmo. Hasta los vecinos empezaron a asomarse. Y tú bailabas, yo te miraba, y también mis vecinos: el mundo entero era testigo de tu baile. Pero, de repente, algo mudó en tu rostro. Uno de tus pies se equivocó de paso. La luna se escondió detrás de una nube. Las luciérnagas del cielo perdieron el ritmo e hicieron su mutis.  Los vecinos cerraron las ventanas. Tú te detuviste lentamente, como un tren que llega a su última parada. Y la música también se cansó, se diluyó en aquella noche en la que aún existo. Y ya no bailabas, pero yo seguía mirándote. Buscando en tu quietud una explicación, esperando en tu silencio una reacción contra lo sucedido. En medio de la terraza eras como el tronco de un árbol perdido. Hasta que por fin regresaste, volviste de alguno de esos pasillos internos en los que sueles encerrarte. Y entonces caminaste, con la mirada clavada en tus pies, caminaste hasta chocar con mis propios pasos. En algún momento pensé que saltarías por la terraza, que irías nuevamente en busca del vacío. Sin embargo, justo mientras yo pensaba, tú actuaste, alzaste la frente y me comprobaste que siempre me equivoco, pues buscaste otra canción y te sumiste en un nuevo ritmo que burlaba a la muerte, a la noche, a los vecinos. Y como sueles hacerlo, sonreíste más allá del tiempo, como una flecha ardiente que atraviesa todo el universo, la fiesta empezó dentro de ti de nuevo. Las chispas dentro de tus ojos reavivaron el fuego. Con el movimiento de tus manos hacia el cielo, espantaste la nube que ocultaba a la luna. Las estrellas aparecieron otra vez y danzaron a tu lado, te iluminaron peligrosamente, como ilumina la lava de un volcán cuando erupciona. Y la terraza del apartamento volvió a ser una pista de baile, que se hacía infinita en las ventanas de los vecinos. Hada madrina, colibrí, estrella fugaz. Bailabas, te miraba. Te miraba como ya no te miro, porque en la noche de esta terraza donde resisto, ya no estás conmigo, ni siquiera sé dónde estás, si estás viva, si estás con alguien más, o si, por lo menos, recuerdas esa noche en que te dije estrella fugaz, colibrí, hada madrina…



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